Es obvio que éstas son noches de calles vacías que se diluyen en olvido. Si me fijo, paradójicamente el deshielo va congelando los pasos que todavía tú y yo no hemos dado. A la vez llueve y el torrente baja por la avenida como una inmensa lágrima que amasa y empaqueta basuras y esqueletos. Recuerdo cuando llorábamos juntos en sincronía de reloj de nieve. De nieve, sí, porque entonces todo era frío. Todo, salvo el pequeño instante imaginario entre tus muslos.
Pero hoy nada se salva. Y ahora la lágrima devora los adoquines, se quiebra y satura las grietas que encuentra a su paso, ahogando así la luz y el aire de las alcantarillas. Las ratas saltan intentando escapar y yo sigo con los dedos el ritmo del número, mientras miro desde la ventana el vendaval que se levanta en espirales...
... sin dejar de pensar en lo que puede significar todo esto.
Equilibrista M.