I. descansa a mi lado. Cerró los ojos después de posar su mano sobre mi pubis húmedo y palpitante, agonizante tras el orgasmo que me provocó su boca. Pero I. no duerme. Ronronea en mi oído y enreda juguetón sus dedos en el vello de mi sexo. Me da tirones y me hace sonreír. Entonces abre los ojos, me mira perezoso y los vuelve a cerrar mientras con voz lánguida me dispara en súplica: ”uno más... dame uno más...”.
Hinco mis dientes en sus labios antes de que termine y compruebo una vez más que no son de este mundo. El olor de mis jugos aun permanece en su sonrisa. Aspiro ansiosa y me lo bebo entero desde la frente hasta la uña del pie. Porque llegados a este punto, I. ya no es más que solución acuosa que me diluye y me precipita.
Sorbo, succiono, trago, me empapo de él debilitando las uniones de mis átomos hasta que, de un solo giro y a traición, me sube a su vientre, empuja mis caderas y me atraviesa.
Entonces yo aúllo en estertor. En rabia y sollozos que cargan sus armas para hacer que me derrita o me desintegre desde dentro, mirándome descarado con sus ojos de neón aguamarina. Él me desafía y yo me rebelo acudiendo, en olas suicidas, hacia la muerte.
Al rato, I. vuelve a mirarme con los ojos cerrados. Esta vez para desmayarnos de sueño entre los pliegues mientras su mano, sorprendentemente, deja de existir en algún punto entre el lóbulo de mi oreja y mi pezón izquierdos.